Tocar y pared

 

Cuando me pongo una buena peli me sitúo en el extremo absoluto de la falta de atractivo físico, esto es, poco más o menos, Woody Allen en versión chica; incluso se diría que Woody tiene más appeal que yo en el sentido que suele tomarse eso del appeal, pero mis sentimientos, en cambio, son bellísimos. Pero a muy poca gente le interesa lo intangible y a casi nadie le interesa la calidad de los invisibles sentimientos. Y con este convencimiento, me pongo en el papel de la protagonista que sí está en el canon. Y, durante todo el tiempo, la pantalla, a través de esa actriz me sirve de vehículo para vivir las situaciones que la sociedad, por naturaleza propia y por su excluyente escala de valores, me prohíbe o cuando menos, me dificulta protagonizar. Puedo estar horas intentando explicarles la magia de ese momento, pero si digo que cuando el reflejo de las propias facciones se sobrepone a las fílmicas facciones de la prota es como si se diera vuelo o incluso antes que vuelo, vida a una paloma, ya lo digo todo. Ah, qué delicia más saludablemente satisfactoria el visualizar; qué gran oficio, el ser actriz, actor. Si las cadenas de televisión deben luchar a brazo partido por conseguir una sociedad más justa e igualitaria, Telemadrid aún más; para empezar a emerger de la basura y ponerse a la altura requerida, podría abstenerse de invitar a tertulianos que no alcanzan el nivel cultural y que ni siquiera respetan los derechos de los demás, pero que eso sí, a la mínima de cambio exhiben sus carencias humanas en forma de soez degradante exabrupto.

Las películas, las piezas de teatro sirven para visibilizar injusticias. Visibilizar: me gusta la palabra. A menudo me siento frente al portátil durante una hora o más, para ponerme una película. El rectángulo de 40×25, más o menos, es ese territorio en que voluntariamente nacimos y al que regresamos consciente o inconscientemente para tener siempre dieciséis años. Es una injusticia recibir trato vejatorio por ser mujer y lo es aún más que la conviertan a una en cliché andante en materia de estética. No es preciso haber sido un bellezón alguna vez para entenderlo. El racismo estético produce aberraciones y monstruos; una síntesis entre ambas cosas son los monstruos aberrantes; cada vez es más fácil detectarlos, pues todos sienten una atracción especial por Telemadrid. En la frecuencia de tertulianos que ponen de manifiesto esta circunstancia, Salvador Sostres.

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