Las ciudades invisibles y los toros que se ponen ciegos a pateárselas

En Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino habla de un “infierno de los vivos” y sus dos formas de afrontarlo. Una, “volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo”; la otra, “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”. Con estas palabras, Rosa María Artal, desde un artículo suyo que recomiendo a todo el mundo pues no tiene desperdicio, me recuerda que desde hace algún tiempo veo a ese toro blanco y no es por lo que los ingleses llaman ceguera para los colores ni nada de eso. El toro se ha vuelto blanco desde que se pasea por las ciudades en olor de multitudes y desde que el tour suyo y de su séquito no sale del oro negro, cosa que hasta cae dentro de cierta lógica previsible, sino que sale del bolsillo de todos los españoles, lo cual ya es potencialmente más sangrante; es como decir llámame cornudo, que te pago la bebida, ¿no creen?

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