El espacio como no-objeto

La palabra forma deriva etimológicamente del griego morpho. Los campos morfogenéticos o campos de forma son una teoría desarrollada por Rupert Sheldrake, según la cual no sólo se organizan patrones o campos de organismos vivos como los organismos animales y vegetales, sino también de los tradicionalmente considerados como inertes como las rocas o las moléculas, aunque también se somete a tela de juicio la categoría de inerte de los cristales que, en realidad, serían seres vivos como cualesquiera otros, sólo que con una frecuencia de vibración comparativa infinitesimalmente mucho más lenta. Para Sheldrake, los campos permiten el flujo de información a través del espacio y sin importar la distancia entre sus individuos, con lo que cada especie preserva su campo de memoria propio gracias a lo que denomina resonancia morfogenética que se genera por simple reproducción de hábitos adquiridos. Entre la resonancia morfogenética y la telepatía habría solamente una cuestión de matices. Nadie se debe encontrar solo, ni ningún humano es una isla, salvo que se convierta en esclavo de sus pensamientos y estos lo parasiten y no le dejen crecer. Tal argumento parece una contradicción, si tenemos en cuenta al pensamiento como un estadio superior de la conciencia; pero que los pensamientos se fabriquen no quiere decir que todas las fábricas sean generadoras de libertad; no cuando los pensamientos se convierten en objetos acumulables o coleccionables, esta es la conclusión a la que por su parte, ha llegado Eckart Tolle. ¿Por qué convocar aquí a ambos autores? Los dos reivindican la importancia del momento presente; los dos reivindican la forma y el poder del ahora; la naturaleza vive en alineación con el momento presente, mientras los humanos vivimos muchas veces alineados con nuestras propias alienaciones mentales; la naturaleza no tiene discusión, pero los humanos discutimos hasta la ofuscación y hasta la pérdida del horizonte; el espacio sigue siendo determinante en nuestra existencia; hay suficiente espacio para todo y para todos, pero queremos convertirlo también en un objeto más de nuestra colección cuando el primer espacio de gobierno que poseemos es nuestra mente y en lugar de librarla a la paz del infinito espacio exterior, la tenemos esclavizada con nuestros pensamientos que siempre emplazan la felicidad a un momento futuro y conciben ese hipotético futuro como un objeto que me va a completar; la eterna ecuación a resolver entre el objeto y el ser. “Dios, hazme como a mi perro le gusta que sea”, reza una exitosa pegatina entre ciertos conductores de utilitarios. Y es que los animales, al menos no juzgan y siempre podemos con éxito alinearnos con ellos cuando fracasamos con el resto de la humanidad; los animales parecen entender que en la dimensión profunda de lo que somos, el tiempo carece de relevancia porque no tiene cabida; inútil apresurarse en acumular objetos.

Así habla el poeta del amigo perdido:

¿Por qué debo buscarlo? Soy el mismo, soy como él.

Su esencia habla a través de mí.

¡Me he estado buscando!


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