Jarra Pinta

Jarra Pinta

Jarra Pinta es una serie de cuentos para dormir. Lali no puede conciliar el sueño leyendo, pero en cambio, si se pone a escribir cuento leído, por cuento que me invento, duerme como una malva. Publicaremos hasta el último cuento de Lali en estas páginas; esto sí, a cuentagotas; primero tendremos que esperar a que digiera todo lo que lee.

El cuervo llegó noche cerrada a un lugar adonde sus patas de más que respetables uñas, su pico imponente y su aparente plumaje negro azulado podían ser cualquier cosa, pero de cualquier manera mal recibida. Era preciso no tener ojos en la cara para no darse cuenta de ello, sin embargo él que tenía ojos en la cara como el que más, para nada podía suponer que en un paraje así le iban a llamar de todo, menos guapo.

Cuando el gnomo flaco de pelo canudo y barba plateada, tan largos que debía llevarlos atados en sendas madejas atadas en doble nudo si no quería andar dando traspiés al pisárselos, salió al jardín, la luna estaba en su sitio preferido y los humanos se habían entregado a las profundidades del recomendable sueño que permitían al silencio hacerse el dueño y señor entre los ruidos menores del hogar y que permitían a los seres menudos como él llevar una cotidiana nocturnidad sin sobresaltos. Se atildó con esmero de eterno aprendiz su casaca de cuadros rojos y verdes; comprobó que no fallaba ni uno de sus botones dorados, que la dichosa hebilla del cinturón estaba abrochada del derecho, que los leggins gruesos no le hacían bolsas en el trasero y que a sus botas planas de piel de melocotón con hebillas idénticas a la del cinturón no se les podía pedir más y eran las botas idóneas para un gnomo que pisa con pie firme; todo ello sin olvidar su capucha color verde botella, que tenía nariz propia y por cierto, particularmente inquisitiva. Tan inquisitiva que no había de dejar pasar por alto la presencia del cuervo, aunque estuviera apostado a tropecientos metros en la otra punta del muro que rodeaba el jardín. Sumido en sus propias cavilaciones, el cuervo ni siquiera notó cómo una nariz de capucha daba un giro de ciento ochenta grados para olisquearse todo lo que viniera en las precisas exactas coordenadas de su propia dirección.

-¿Ocurre algo por ahí?-, dijo el gnomo mirando justo hacia arriba de su cabeza. Pues eso espero, eh, que me tienes hasta el gorro de vueltecitas; y sabes de sobras que un servidor encuentra las vueltecitas de lo más retorcido y sin gracia que hay en el mundo. De repente, en medio de la pataleta se le cruzó uno de esos gatos que a fuerza de reproducirse habían acabado adueñándose del jardín. La bola gris de pelo lana y ojos azules padecía un inquieto ir y venir siguiendo algo seguramente atrayente para un felino avezado a cazar en la noche; pero justo cuando acababa de sobrepasar al gnomo volvió sobre sus pasos y se le plantó delante, olisqueando a su vez a la nariz de la capucha.

-¡Vaya, colega! No sabía que podíamos andar para atrás y sin despeinarnos. ¿Ocurre algo?-Pero antes que abriera la boca, el gnomo vio el indiscutible perfil del cuervo reflejado en los ojos del gato. ¿Con que tenemos huéspedes extra esta noche, por si éramos pocos o algo, eh?… -. El gato se abrió tan súbita como silenciosamente. ¿Estoy despierto?, dijo el gnomo. Sí, debo estarlo, porque no estoy dormido ni veo visiones; pero me pellizcaré de nuevo, que no me quiero equivocar. Pues si hay sombra que su ser no miente, vayamos hacia la sombra viviente. Debería saber, sea quien sea, que no estamos para huéspedes desde hace siglos; bueno, por lo menos desde que este paradero empezó a llenarse de gatos hasta que ya no cabe ni un alfiler; veintiocho gatos, que se dice pronto, eh; demasiado para el cuerpo, murmuró entre dientes para hacerse una composición de lugar al tiempo que ponía el pan blando, que así, diciendo las cosas entre dientes, es como los gnomos actualizan y reblandecen los mendrugos sobrantes del día anterior.

-Perfecto. No eres una piedra auténtica-, exclamó cuando estuvo frente al cuervo. Aunque por tu patético semblante, bien pudiera decirse que te has quedado de piedra, chico, jajajajaj, rió con un estrépito de tan baja frecuencia que sólo lo captaron los seres de luz que merodeaban por el contorno; de hecho, y como de rebote, una de las farolas del alumbrado callejero se apagó. El gnomo se echó mano al bolsillo derecho de la casaca para encender su apagador, de modo que al apagar la otra farola cercana al jardín lo dejó todo más oscuro que boca de lobo. Pero aún así, las pupilas del cuervo procesaban la luz de la luna con tanta fuerza que no podía mirarlo. Hay que protegerse la vista, dijo calándose los anteojos de media luna de doble cristal antirreflectante; él no era uno de esos gnomos que necesitan aprender a mirar desde cero y tenía experiencia para saber que cuando veintiocho pares de ojos miran a la vez en la misma dirección y hacia un mismo objeto hasta pueden dar lugar al nacimiento de una supernova, y desde luego él no iba a ser atropellado por ninguna supernova reciennacida provocada por los gatos. El cuervo, plumas de punta, sintió como si lo estuvieran cosiendo a alfilerazos con la mirada y se estremeció mientras daba la espalda para rehuir a los otros, su espléndido plumaje dorsal envolviendo en el misterio la corcovada figura, al tiempo que el lleno índigo de la luna en medio de su espinazo ondeaba como una bandera luminosa. Así, puesto de espaldas, dirigió estas palabras al gnomo:

-Buenas noches; sé que no se alegra de verme por aquí; no tengo adonde ir, aunque tampoco espero que me eche; mañana por la mañana arreglaré el piano de la profesora Mordensen.

-¿Dédalus? Sí; presumo. Hasta el último tonto de la tierra se daría cuenta que hablas como un geodiano auténtico-. Se quedó esperando en vano que el cuervo le contestase algo. Bien, ya vemos que quien calla, apila. Te creíamos desaparecido, porque –y entre nosotros- la última toma de ocio donde los Mordensen te dejó para el arrastre; así quién iba a creer que te has atecnizado y arreglas pianos y todo. El cuervo se revolvió con incomodidad, marcando manifiesta distancia hacia sus palabras; de una de sus alas cayeron unas cuantas letras de imprenta que el muro atrajo hacia sí.

-¿Qué es esto?

-Vaya; son teclas de máquina de escribir, no de piano.

-Sé que no es un problema suyo; Usted no tiene máquina de escribir, y mucho menos tiene un piano. Váyase a la cama, créame, y mañana, cuando termine mi tarea, le esperaré para darle una lección de dulces, si lo desea; llevo una caja entera bajo el ala izquierda que son la perfección en persona.

-Me está poniendo a prueba los sentidos, amigo. Pero debería saber que yo me voy a la cama cuando es de día. No debería tener miedo de un no geodiano que dice la verdad.

-¿Qué verdad? Si no la conoces, no te eches el pegote. Para decir la verdad primero hay que saberla. Y después…-. El cuervo abrió uno de esos silencios curvos e insoportables capaces de ir deteniendo todos los relojes sin posibilidad de volverlos a reparar.

-Y después, ¿qué?, forzó el gnomo.

-Y después no dejarse nada en el tintero, hombre de poca paciencia.

-Entonces, ¿quién mató a la abuela en realidad? Usted pudo haber detenido el círculo vicioso de la ociosidad criminal; pudo haber puesto las cosas en su sitio, de no haber estado ebrio como una cuba. Se diría que por un efecto contrario a las agujas del reloj, los irresponsables siempre atraen la fatalidad hacia los animales, personas o cosas que les rodean.

-Querrá decir un sentido contrario a las agujas del reloj.

-Quiero decir un efecto contrario; los relojes ponen al tiempo en su sitio, pero los irresponsables ponen los sitios en el tiempo de su particular conveniencia-. Una racha de viento, arremolinó aleatoriamente las letras sobre la estrecha faja del muro para irlas inquietando, cambiando y disponiendo según un orden convenido que resultaba del todo familiar: qwertpoiuy, asdfgñlkjh,zxcvmnb.

-Letras blancas-, murmuró el gnomo.

-Blancas, si, como la conveniencia-, dijo a la vez el cuervo, leyéndole el pensamiento. De lejos, llegaba un ruido insistente de cadena de bici; como si alguien hubiera puesto una bici boca arriba y estuviera dándole sin interrupciones al pedal. Finalmente, el sombrero sacó de su interior una botella vacía y empezó a soplar sobre la embocadura de, emitiendo el  mismo monotono de un pájaro flauta auténtico. No quedaba del cuervo más que una mancha untuosa y derretida de color que se deslizaba entre las letras y, blanco sobre negro, las iba circundando prolija y cuidadosamente hasta dejarlas cual pequeñas islitas pulidas y redondas que acudían hacia la botella, metiéndose por el cuello como por arte de encantamiento una tras otra hacia su interior. Cuando la profesora Mordensen volvió el rostro hacia el gnomo, este encontró de lo más natural que se riera de él en sus propias narices; cabeceando, como lo hacen los burlones cuando están frente a su víctima mientras iba sermoneándole: Mira que eres niño, Elvis; ¿cuándo se te va a meter en la cabeza que la abuela son los gatos?

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