Humólogo

Durante todo el día he andado creída que era viernes, así que me he ido a Garrucha a la clase de meditación. Al salir de casa me he dado cuenta de la gigantesca humareda que venía ganando terreno por el creciente de Garrucha; en lugar de quedarme en casa, he pensado que si el fuego no me dejaba llegar, me daría la vuelta por el lado de Mojácar, y aquí no ha pasado nada; luego, al ir avanzando carretera y entrando en la espesa humareda que si bien no dejaba ver a tres palmos de las narices era una humareda monótona y sin sorpresas, he empezado a caer en la cuenta que no se trataba de un fuego, sino de una niebla del copón. Con razón los críos dirían luego que el Día de la vieja había salido deslucido por esa radioactividad de aquí te espero que se esparcía por el aire desde la catástrofe nuclear de Japón; los críos son los primeros en darse cuenta que la tierra tiene derecho a ponerse enferma con sus catástrofes naturales, me he dicho, y ojalá que además de ser los primeros no sean los únicos. El Día de la vieja es una fiesta tan celebrada que todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto; es decir, todas, menos los chinos. Ni un alma por la calle, me he encontrado con la meditación cerrada y sin una sola nota en la puerta que dijera: se suspende la sesión por esto o por lo otro. Nada; así que me he dado la vuelta para casa sin esperarme ni un par de minutos a que llegara alguien con quien comentar la jugada; para qué me iba a esperar, si seguramente no iba a acudir nadie, que el pueblo entero parecía un cementerio; una se siente en ocasiones tan parte integral de la aplastante minoría que nunca se entera de las cosas, que no le vale la pena perder el tiempo en aguardar que otra gemela alma de cántaro acuda a los sitios sin enterarse que es fiesta. De regreso, unos extrañísimos tímidos rayos de sol sin sol referente en lo alto del cielo ni en ninguna parte, aparecían y desaparecían bajo la enorme mole neblinosa a dos metros del suelo. Cuando me disponía a entrar en el garaje, he sorprendido al pálido autor de los rayos en un cielo muy bajo previo al ocaso, como no podía ser de otra manera por la hora que era; lo he vuelto a mirar por si fuera la luna, cosa que no, porque hoy no toca luna llena; un sol gótico, me he dicho. Sólo al final del día, cuando ya me iba a la cama porque al día siguiente tenía que madrugar, he acabado dándome cuenta que esta semana me habían pasado los días muy deprisa; tan deprisa que me faltaba el viernes; he echado mano del periódico para leerme la fecha: efectivamente, había sido jueves en lugar de viernes y por lo tanto, la meditación no tocaba hoy, sino al día siguiente. A todo esto, alguien se pueden preguntar qué es un humólogo; pues bien, humólogo es casi lo mismo que diálogo; podríamos decir que es un diálogo con humos.

Perri Lin

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