Transformación

Las flores han atraído mi atención desde que era niña. La meditación me ha espoleado y he cerrado los ojos para volver ahí, adonde mi madre me llevaba los domingos a ver las flores porque sabía cuánto me gustaba corretear entre ellas. El jardín es de unos vecinos que viven junto al canal de riego; se entra por la casa, en lo alto del escalón natural que hace el terreno y luego, se accede al jardín salvando una escalera de melis muy bien ingeniada; mi madre me acompaña casi siempre, aunque a veces voy sola. Es una soleada mañana de domingo, y llevo un vestido con jaretones rectilíneos armados a punto de vainica; es muy vaporoso y me hace sentir redonda e ingrávida a la vez, como una campanilla perfectamente blanca. En un cuento que tiene mi vecina, también hay una niña que vive entre las flores de un encantador jardín; la niña se acuesta en una flor que la abriga y perfuma con sus fragantes pétalos, pero amanece desconcertada en otra flor completamente distinta. Yo no creo que se caigan los pétalos de las flores porque sí, ni por el mero hecho de dormirse una pensando; siempre hay flores nuevas, y siempre son muy lindas; el sueño las trae y las lleva, y todo dios puede verlas en cantidad de ocasiones, en su afanoso ir y venir tan real y tan ondeantemente bello; aunque tampoco hay que pasarse con eso de los sueños; hay gente que se da un atracón tal de ellos que ya no se despierta nunca más en su vida; tal vez es por eso que a mi madre le da por decirme: no te duermas en los laureles. Hoy es un día de fiesta y el fotógrafo, que ha acudido con la réflex de flash que parece la lámpara flexo del cuarto de mi madre y es todo un prodigio, está que no da abasto. Lo hemos requerido para que nos saque una instantánea para nuestro álbum; ¿dónde?, pregunta echando alrededor suyo una mirada de vuelta de compás tan rotunda como el casquete de aluminio de su lámpara o como la misma plaza Diego de León, y ella lo reconduce por entre las callejuelas hasta mostrarle la luminosa escalera de ese jardín con flores altísimas que nos salen al paso; por aquí, eso es, sí, por aquí. Las dueñas de la casa se desviven por agasajarnos con brotes espectaculares: ¡Toma, que salgan en la foto!; qué curioso, porque esa algazara atronadoramente humana, a mí se me antoja como si fuera la propia lengua y la propia melodía de las flores que hablan a través de la madre, a través de la hija, a través de la hermana y de las múltiples mujeres del alboroto. Una foto preciosa que todavía se mantiene fresca en el álbum: mi madre llevando su bolso de boca metálica con el ajuste de bolas doradas que va arrancando destellos solares en una mano y yo, empuñando un glorioso ramo que –se me escapa por qué-, en lugar de ser flores como todos los ramos normales y corrientes, es un ramo de mariposas.

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