Poema de todos los caminos

Habla en su nombre el río con su aliso en la orilla: plata en los labios y cuchillo en los ojos. En lo alto, la hoja de la luna desangrando una nube. Con sus húmedos dedos, el agua se lleva cien silbos. Se lleva mil fecundas palabras con aletas de pez inmortal que desemboca ovante en el océano. Hay ruidos que se tocan con las plantas de los pies; vibra el océano que en su copa recoge la flor de esa muerte inquerida. El árbol, ensimismado, refleja desde el margen ese aspecto del espejo que siempre es otro río. Así, como cuando se siega una flor arrancan a crecer muchas otras más fuertes a sus pies. Así claman las entrañas de la tierra desoladoramente una con su occiso. Tiembla, suspira y llora; ábrese tiernamente en carne propia la tierra una geoda hueca que preserva el momento, el federico aliento, la federica gravidez de cuerpo y mente que persiste en el alma de la gente.

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