Canción del jinete

Canción del jinete

Siempre me pregunté si hay vida después de la vida.
Aunque así lo espero y con ganas.
La verdad que lo de aquí no lo tengo como para decir: ¡esto es vida!, pero no voy a entrar en discusión.
Yo no escogí esto, le dije a mi padre putativo.
Le gustaba enfadarnos diciéndonos que no éramos suyas, que éramos hijas de un gitano,
Genaro, que pasó por el pueblo y nunca más volvió.
Siempre me he negado a dar gracias por esto, por lo otro, por lo de más allá.
-Por una manzana podrida yo no voy a dar gracias.
-Así lo hemos encontrado, y así lo tendremos que dejar-, decía mi padre.
Para dar gracias por una manzana, primero tendría que ser un árbol.
Y no sentir el dolor.
Hacía cinco horas que había dejado de respirar cuando lo encontró mi hermana.
Dormido, con el reloj puesto, apretando la mano izquierda a la altura de la sien.
Si al menos hubiera sido la mano derecha no me habría quedado tan deshecha.
No hay un aumento del sentido de propósito en el sentido de su ida.
Yo al menos no lo encuentro.
Nada.
No es una pérdida ni es una ganancia.
Como si hubiera dicho: de cualquier modo, no voy a dar guerra.
Una guerra se puede ganar, mientras que la paz no se gana; se tiene, que es primero.
El sentido del juego todo lo empeora.
Ni me lo planteo.
Mi padre jugaba cada semana a la lotería.
A veces, le devolvían el dinero.
Tener dinero y permitirse jugárselo un poco lo hacían reafirmarse como un tipo listo y de antecedentes irreprochables.
Ni un hombre avispa.
Ahora que me toca heredarlo, busco insistentemente un recuerdo en el que coincidan punto por punto el original (mi padre) y el calco de la mirada (mía).
Mi padre es muy joven.
No puede hablar con cualquier otro ser humano, pero va a hablar con un caballo.
Porque el caballo no enjuicia.
No me puedo acordar de esto, pues ni siquiera había nacido.
Así que una de dos: o me lo han contado, o yo también he pasado por ello.
O ambas cosas a la vez.
Cuando nuestro caballo murió, mi padre vino del veterinario llorando.
Cuando murió mi padre, yo, ni eso.
Ahora, en cambio, sí estoy llorando.
No sé muy bien porqué.
Seguramente todo gracias al caballo.

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