No en mi nombre

Cuando bien dadas, el Estado es magnánimo y generoso con los ricos y accede a rebajar e incluso eliminar el impuesto de la renta por patrimonio, de manera que los ricos no se mojen. Cuando van mal dadas, el Estado despliega el recortable sobre los bienes públicos, esforzadamente conseguidos tras arduas luchas, y exige contención sobre el gasto a las clases contribuyentes, eso sí, sin dar ejemplo por la parte que le toca; los ricos, en cualquier caso, no se tocan nunca; los ricos, en la salud y en la enfermedad quedan exentos de restricciones. Como si se le pudiera exigir al perro flaco cualquier otra contención que no fuera sobre las pulgas que se le echan encima. Decidido a abrazar el neoliberalismo más rampante que lo conducirá a la formulación del desequilibrio económico como condición sine qua non para que la riqueza vaya a parar a las manos que nunca han estado vacías, para el Estado, la culpa siempre es del perro. Una propuesta interesante corre por la red: El crimen económico contra la humanidad, nueva figura jurídica. Y es que, decididamente, no nos podemos creer que se actúe tan a la ligera en nombre de la democracia; ni siquiera nos creemos que se haga por complacer a Marilyn. Frente al estado del desequilibrio que se está aplicando, urgen políticas de la consecuencia.

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