Lobo del hombre

La Ciencia Política tiene como objeto de estudio propio al poder que se ejerce en un colectivo humano. Entre dos humanos que se relacionen ya se encuentra presente el poder, capacidad de un actor social de influir sobre otro u otros. Según las intenciones de sobreponer sus intereses a los del prójimo, el poder recurre a un amplio espectro de recursos que van desde la guerra a la paz. Desde el pensamiento positivo, la paz es un ser que existe; en cambio, la guerra es una negación nada más. Nada justifica las negaciones de lo que existe en la naturaleza. Mientras que la paz es una actividad natural del ser humano, la guerra es inherente a los instintos de ira, ofuscación, enardecimiento y otras derivaciones de toda manifestación carencial que obstruya la felicidad y el entendimiento de igual a igual entre individuos. La política es una ciencia en cuanto compete al conocimiento de la realidad; en cuanto está sometida a los influjos de un poder opresivo, el conocimiento, víctima de inanición ya no se puede desarrollar. Luchar contra las políticas secuestradas exige unos modos de actuación superiores a los que se quiere combatir. Lo primero que deberían hacer los países con cuerpo diplomático que se meten en guerras cruentas alardeando de racionalidad ética debería ser prescindir de todo el aparato pretendidamente contemporizador; dejarse de mentiras y enseñar directamente las orejas de ese homo homini lupus que esconde. Al fin y al cabo son las mismas orejas del lobo colectivo de las Azores que puso la soga en el cuello de Saddam.
Así ha pasado Gaddafi. En la cocina del poder, se han empleado a fondo los cocineros disponiendo el instrumental. Imaginemos un excéntrico humano que en el momento del acorralamiento final se olvida de sus deseos de morir en un acto de heroicidad; un coronel que decide ser quien lo escriba y que piensa en la vida y elige su opción social como vendedor de plásticos preservativos. Por un decir. Imposible ya, pues tendrá que ser en otra vida si se reencarna. El alarde de sangre, hígado y carnicería sin cuento conlleva malos augurios y nos retrotrae a las imágenes del dictador iraquí recién ejecutado en la horca, un 30 de diciembre de 2006. Desde entonces hasta aquí no ha dejado de correr por las calles sangre iraquí. Mientras en Misrata, el cadáver de Gaddafi se guarda en un frigorífico hasta dar con un destino convencional que satisfaga, Obama anuncia la retirada de las tropas de Irak. Esta vez parece como que el poder no se quita de un clavo con otro clavo, que se lo quita con la cabeza bifurcada del que podríamos llamar martillo libio. Así como para desprestigio de la humanidad se sigue considerando la carne de cañón, tendremos que considerar desde ahora el martillo de carne de casquería. ¿Les entran arcadas? Lo mismo me pasa a mí.

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