No hablaré en clase

Rubalcaba se presentó haciéndose el cordero manso. No con las orejas gachas, porque las tenía un poco por encima del canon establecido y encima en punta, pero con ese ademán del que le consta que ha sido encimado adonde está no por los méritos propios, sino por las meteduras de pata de los demás. Un ovino maquillado como para un glam queen de Loreal, Alfredo se presentó al make up que ni siquiera se había lavado la cabeza, y esas son cosas que acaban con los recursos de los mejores maquillistas y que si uno no está seguro de tener autoimagen se notan una barbaridad. Señor Rodríguez Pero Zapatero. Perdón, señor Rodrigo Pérez Zapatero. Perdón, señor Rodríguez Pérez Rubalcaba. Le tengo apuntado, pero no se lo voy a leer con pelos y señales de los papeles porque me equivoco aposta, sabe, así que acomódeme la licencia como sea, parecía decirle Mariano Rajoy. Rajoy, con la ventaja de las encuestas por delante, se crecía como una macroflor de las que abren en espiral. Tenía enfrente a un oponente que podía ser quien a él le diera la gana. Podía ser un Cánovas si se le antojaba que fuera un Cánovas. Podía ser su propio mentor Aznar. Pero hombre, Rajoy, ¿sólo se le ocurren a usted personajes de la derecha?; eso más que oponentes son sinónimos, le objetaban desde su subconsciente la mayoría de los españoles. Pues oigan, ya que ustedes lo dicen, algo hay. Hemos llegado al punto fáctico que en lo que respecta a mayorías, derecha y no derecha en este país da tan casi lo mismo que puedo permitirme los antojos que quiera a ese respecto. La ambigüedad del programa; ¿nos podría aclarar, con garras inclusivas, la ambigüedad del programa que lo trae ante las cámaras?, le inquiría Rubalcaba como si tuviera en el bolsillo todas las teles del país. Para garras, las suyas, y eso que su programa las oculta viperinamente, pero ya estamos acostumbrados a verle las orejas al lobo y a que sus políticas sean las de ir a Dios dando y con el mazo rezando. Por lo demás, la ambigüedad nunca mató a nadie. La voz de la conciencia puebla le replicaba a Rajoy que las mayorías a las que él se refería eran una falacia, un invento y una mentira producto de cierta matemática disfuncional. No empecemos a marear la perdiz, oigan. Al fin y al cabo fueron ustedes quienes inventaron lo de la imaginación al poder, ¿no?: hacer una ley desproporcional fue todo un alarde imaginativo de los padres de la Constitución 1976. Al pronunciar Rajoy esa fecha, 1976, me di cuenta que había caído en el túnel letánico del tiempo. Y al decir letánico, me acordé de , una pieza de teatro primeriza que Dagoll Dagom estrenó en 1977, o sea un año después. Me di cuenta qué letánica había sido la intención del aparentemente preceptivo cara a cara entre los dos cabezas de partido de una nación pluripartidista a la que se le imponía el bipartidismo tan frívolamente como si siempre fuera de noche y como si todos los gatos fueran pardos. En unos minutos, y a efectos de que todo ciudadano que estuviera presenciando el telespectáculo dijera amén o beeee, da igual, el periodismo mediático empezaría a vertir tóxicas opiniones acerca de cuál de esos dos prebostes patrios tenía más madera de ganador y sea como fuere, cuál de los dos iba a ser el futuro presidente de la nación, que es una muy detectable forma invasiva de meterse donde no les llaman. Donde no les llaman, sí, que política y periodismo no es todo lo mismo.

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