Matemáticas

En El discurso del rey, Colin Firth es His Royal Highness the Duke of York, aunque su logopeda, aplicando estrictamente el principio de igualdad de trato, le llama Bert. Por Albert, el nombre de pila que tiene el duque en primer lugar. El logopeda es muy acreditado en la capital y sus honorarios, de acorde con su prestigio, suben un pastón. En cambio, no posee título oficial; todo su saber es aprendido de la vida. La vida y las circunstancias por las que ha tenido que pasar. Elisabeth y Bert, los futuros reyes de Inglaterra, piensan que clava para dárselo luego a los pobres; también lo toman por un bolchevique. Prejuicios aparte, el duque es tartamudo y necesita del maestro, con lo que tampoco está para discutir las condiciones que éste le impone. “Timing isn´t my strong suit”, advierte el duque en su primer encuentro. Traducido al español, quedaría como “el tiempo no es mi fuerte”, por la distancia a que el tartamudeo le obliga a tomar entre una palabra y la siguiente. Pero en el sentido literal, strong suit es traje fuerte. Y esta traducción literal, como de un vestido que abrigue a la persona que las pronuncia tiene mucha mayor carga de sentido que la otra, la traducción oficialmente correcta. Somos una sociedad con cierto grado de enanismo mental. No me puedo imaginar a Francisco Camps entendiendo el alcance de haberse dejado vestir con las palabras de los aduladores que se negocian el sustancioso beneficio por medios tan indignos al ser humano como son el cohecho y la prevaricación. Tampoco las palabras del rey en su discurso de Navidad se adaptan tanto a las circunstancias que pudiéramos decir le han quedado como un guante. El rey defendió que la justicia ha de ser igual para todos, cosa que en la propia casa real y con el trato de favor que está recibiendo su yerno con Noos, deja muchísimo que desear. Utilizar la palabra familia como un modelo de dignidad y hablar de violencia en el entorno familiar, en lugar de llamarla clara y llanamente violencia doméstica, ha sido un desafortunado recurso de retórica degradante al que ha echado mano la titular de Sanidad para referirse a la última mujer agredida por su marido con resultado de muerte. Para ejercer un cargo público con la debida dignidad no basta con meterse en el traje de la palabra ora para otorgar vida, ora para matar, según convenga al interés partidista situacional. Si digo pan, ¿comeré?, se preguntaba sin ambages Alejandra Pizarnik. Las palabras que se pronuncian conllevan un compromiso que exige ser llevado hasta sus últimos extremos. Son como un teorema que exige imperiosamente ser demostrado para existir como verdad. Cuando las palabras van por un lado y los hechos por otro, nos encontramos con la mentira y la mentira no existe sino como ausencia de verdad. La mentira, al ser indemostrable por naturaleza aumenta las imposibilidades de realidad. Además, la mentira sólo representa al que miente. Una cosa es ser rey de cuento y otra, vivir del cuento. En el país de las mentiras, vivir del cuento se convierte en una necesidad endémica; produce mono y crea un tipo de dependencia altamente negativa. Sólo cierto degenerativo tipo de dependencia hacia la mentira explicaría comportamientos poco éticos como votar mayoritariamente a un imputado por corrupción. En el momento que se deja de retroalimentar la inconsecuencia, retroceden el miedo y la inseguridad social. Las palabras y los hechos vuelven a casar y a ser equilibradamente perfectos. Como las matemáticas.

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