Las cosas de nunca

Dibujó su nombre en la calzada. Un hilillo de sangre que no era blanca o negra ni era de horchata, salía de su boca: Zebra H, escribió, la hache por Humana. Y luego, recuperó el habla. La letra, con hambre entra, dijo tragando saliva y trocitos de diente. El golpe había sido de los buenos y aunque se hacía ilus y esperaba el momento oportuno para incorporarse y salir por su propio pie del círculo de curiosos que se había formado a su alrededor, vio cómo las fuerzas la abandonaban, cómo la atenazaba el dolor y cómo no alcanzaría así como así a llegar a la cantina para saciar el hambre con el habitual cóctel de frutas que se pedía cada mañana para el desayuno porque, no, definitivamente no conseguiría rehacerse del brutal impacto. Al punto se olvidó del hambre y celebró ser la primera cebra de su brazo en haberse dejado de conducir por una cuestión de convicciones. El ambulanciero de la camilla la escuchaba atónito. Acostumbrado a dar conversación a cualquier accidentado para que no se le durmiera durante el trayecto y depositarlo así completamente despierto en el hospital, tiraba del formulario de rigor y preguntaba una y otra vez: ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ¿Dónde vives?; todo un repertorio circular que siempre volvía al principio y que q él, Jirafa de nombre animal y Jirafa, mecanismo a modo de brazo que permite mover el micrófono para más amplio alcance, de apellido, le parecía de lo más cabal. “Cada error propio, si persiste, pronto encierra en sí mismo una flor de Bach benéfica y nocturna como una gran verdad. Una verdad que emerge de la oscuridad para que nunca pueda ya sernos ajena”, le interrumpió Zebra, de modo que las frases profundas se alternaban con las preguntas de poca monta y ocasionaban el desconcierto de su interlocutor, para quien las cebras parlantes no eran su fuerte y si encima iban de raras, aún menos. Zebra iba lanzada y todo lo que salía por su boca era una urgencia del alma, no del cuerpo; una urgencia que indistintamente habría causado el mismo efecto reparador en su espíritu si la hubiera pronunciado en silencio, sólo para sus adentros. Si hablaba en voz alta era para alterar de algún modo la rotunda sosez impertinente del cuestionario en que el camillero persistía. Dijo que quería ser cebra cebra. Auténtica. Que lo de dejarla estampada en el asfalto era una putada humana que nunca había ido con ella. Que entre las ideas hay asociaciones perversas y que, personalmente, se desvinculaba por siempre jamás de tal asociación. Mírame a mí, le dijo la mona Zoe Stereo en el pasillo del hospital adonde se apelotonaban los urgentes de trauma: mírame a mí, que te comprendo al milímetro, pues después del atropello de hoy tanto se me ha ido hacia un lado la cadera que me he convertido en un centauro común y todo. ¿Cómo voy a reunirme con los amigos para hablar de las cosas de siempre? Eso es, dijo Zebra comprendiendo que el riesgo de hablar de las cosas de siempre era inexistente y formaba parte de un pasado que no contemplaba lo que ahora más le atraía y que sólo podía ser hablar de las cosas de nunca.

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