GRANADA

El chico sale del aula. Luego, vuelve. Toma su mochila negra y vuelve de nuevo sobre sus pasos para recoger el bloc que dejaba sobre la mesa. “Es para leer lo que tengo que decir”. El bloc de la chica queda abierto de par en par en el pupitre contiguo. La chica lleva la cámara cogida por el eje del aparatoso soporte con manillar. La chica tiene dos cosas fijas en la cabeza y las va repitiendo mentalmente con determinación: uno, el botón de conexión; arriba, a la derecha; se acciona arriba y abajo; dos, el rec, a la derecha del visor (se enciende la redondita rojo en la esquina superior derecha del visor; y si le das de nuevo, apagado). “Se supone que la noticia que vais a grabar es verdadera, aunque nosotros sabemos que es falsa”, les recuerda el profesor, que sigue con las explicaciones a lo largo del pasillo, en busca de voluntarios de otras aulas que se presten a ser entrevistados. Ya están en la calle. Que el cuadro respire por la derecha o por la izquierda y evitar que el entrevistado quede como un estaquirote en el medio. Puede salir el micro junto al entrevistado, pero el entrevistador jamás.
-¿Qué me parece el asesinato? ¿Qué me va a parecer? Mal, muy mal. Porque se dejó llevar por los instintos. Las cosas se llevan hasta ese punto, pudiéndose haber evitado, que para eso está el sentido común. Porque hablando se entiende la gente, ¿verdad? ¿Por qué creo que ha sucedido un caso así? Eso lo debe saber el criminal, aunque para mí se le nubló la razón, o que a lo mejor estaba bajo el efecto del alcohol o bajo el efecto de las drogas, y todo ayudó un poco-. Cada vez que responde el entrevistado, choca su pie derecho contra el izquierdo y contra el suelo; una especie de patadita compulsiva que todo el mundo percibe menos probablemente él, que lo sobrelleva como parte intrínseca del habla. El segundo entrevistado, opina tan exactamente igual que el primero que podemos ahorrar en dar detalles.
-Muchas gracias.
-Gracias a vosotros por haberme hecho salir de clase un rato.
El chico recoge el cable y lo enrolla cuidadosamente junto al micro antes de meterlo todo en su mochila. La chica se carga el estabilizador y la reflex en el hombro y salen hacia el escenario del crimen para grabar la entradilla in situ.
-¿Calle Granada? ¿Es una calle real o inventada?
-¡Que va a ser inventada! Es real, está a media hora de aquí. Pero llegaremos antes, porque me sé atajando.
-Le podrás poner Granada en la banda sonora, la suite española de Albéniz.
-Ni zorra idea-. La chica tararea “Granada”, de Pedro Vargas, que es un tema muy distinto, pero no lo sabe, y aún así nadie se iba a enterar porque el nivel musical no es el fuerte de ninguno de los dos.
Siguen sorteando calles. Cruzando semáforos en rojo porque no viene nadie. Cruzándose a sí mismos, ahora a la derecha, ahora a la izquierda; desincronizados, de mala gana, como si cada paso que dieran fuera una colada en la que se pierde una sábana.
-Tienes que ir pensando en un escenario bonito para el fondo de la entradilla-, dice ella.
-Estoy pensando en una callejuela que le queda que ni pintada.
-Pero tiene que ser en la calle Granada, supongo.
-Es una callejuela que no debe tener nombre ni nada. Da a la calle Granada, pero por la parte de atrás. Cuando la veas, te gustará.

El callejón es estrecho y cutre. Paredes deslucidas que oscurecen la radiante mañana de mediados de julio. Casas habitadas que alternan con otras abandonadas por donde rampan arbustos con toda libertad. Árboles gandules, el azote de las fachadas condenadas a la desidia de la ciudad.
-Esto parece una calleja judía. Las calles más estrechas siempre están en el casco histórico y pertenecen a los antiguos barrios judíos. Tan estrechas son que se asoma un vecino al balcón y le da un apretón de manos al vecino de enfrente con solo alargar el brazo así.
Llegan a un punto en que la calle se estrecha aún más. El chico, que llevaba la delantera, detiene el paso y hace frenar a su compañera. Falta sitio para adelantarse uno al otro.
-Vamos, sigue adelante, ¿quieres? Esto es de tu dominio. Llegan al cabo de la calle sin salida.
-Mira, date la vuelta. Esta es la vista entera de la callecica que podemos tomar de fondo. Graffittis en las paredes. Hierbajos. Suciedad. Y no le falta de nada, hasta meadas por aquí y por allá. Un escenario cutre de gente que vive malamente, inspira más un crimen que una calle pija que tenga de todo.
-Me había pensado otra cosa, pero bueno. Venga, ponte en modo acción que te saco el encuadre.
-Espera un poco que se vaya esta gente. Señala a un par de mujeres a lo lejos, detenidas en un portal con un carrito de la compra y un cochecito de bebé. Están en standby. Nada, cuando se vayan me pongo a mear y luego, grabamos.
-¿Mear? ¿Es que en la escuela se te olvidó ir al wáter?
-Me han entrado ganas por el camino. En ese momento, aparece en escena una mujer de mediana edad. Vestida elegantemente, saluda al chico como si fueran viejos conocidos.
-Oye, ¿vosotros venís de parte del Ayuntamiento? Porque si venís de parte del Ayuntamiento, les podéis decir que aquí vienen gentes de todas clases por las noches y lo dejan todo lleno de meadas sin que nadie les salga al paso para nada. Les hemos llamado por teléfono y por un oído les entra, por otro les sale.
Se va la mujer. Desaparecen también los carritos. El chico se pone a mear contra la pared adonde la calle se estrechaba. La chica está grabando. Él piensa que solo mira el encuadre, pero lo está grabando. Una imagen fuera de todo guión, pero ya no hay quien la pare. Con una cámara en mano, la anécdota inverosímil empuja a un lado a la noticia prefabricada y se convierte en protagonista idónea de una cotidianidad cuyo contrasentido supera todo pronóstico. Tan tranquilo, como si tal cosa, está meando y mirándola a la cara, como si no le alcanzara para darse la espalda. Atenta al encuadre, ni siquiera le ha visto mear. Luego, le ha grabado el parlamento sin mediar palabra. El chico ha dicho que la muerte ha sido por amor y ella hubiera dicho que se trataba de un crimen pasional. Pero ya se le quitaron las ganas de rectificar. Volver a la escuela y pasar página, eso es lo que piensa. Se siente reforzada llevando ella la cámara todo el rato. Siente la cámara como un atributo de poder sobre el chico, que probablemente se resiente de las miradas ajenas atentas en cualquier caso a la camarita que tanto llama la atención. Le intimida ir de comparsa del centro de atención, eso es. Pues nada, te jodes, majete, dice ella en su yo interno.
Ya en la calle de la escuela:
-¿Sabes que en esa esquina un pirado se meó en toda la rueda del coche del profe de audio?
-Igual fue una mascota.
-¡Qué va! Si yo lo vi. Con mis propios ojos. Lo podría haber grabado y todo con la cámara del móvil si se me hubiera pasado por la cabeza, que no.
-Ahora no te pasaría.
-¿El qué?
-Ahora lo grabarías.
-Por supuesto.
-¿Todo bien?, pregunta el profesor de imagen.
-Sí. Meá´nkantado, dice la chica. Luego, le entrega la cámara y entra en los aseos cerrando cuidadosamente la puerta. Sobre la mano de pintura blanca de la misma hay un póster clavado con grapas: un plano meido de una mujer sosteniendo una camarita años cincuenta. En blanco y negro. Encuadre de tres cuartos, óvalo perfecto, pelo ondulado, estés donde estés la mujer siempre parece que te está mirando.

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BRUJA AVERÍA

lavdaesbella

De madrugada, inundación
El ósmosis quiso ser fuente
Y cuando era fuente, quiso ser el mar
Hasta que hizo chof
Y fregadero abajo
La cocina lloró el océano

Y el fontanero vino
Y
Como un cadáver del que corre prisa
Deshacerse
Recogió el invento diligentemente

Se puede perder una amistad
Y a cambio se puede ganar un gato
Y no pasa nada
Pero cuando te sobreviene una avería
Has de dar gracias a la ley del equilibrio
Que te recuerda de ir poco a poco
Despacito y buena letra
Porque el ser finitos
No nos impida ser perfectos

Gallo

gallo

Nace la claridad.
El gallo sabe que ha de trizar la aurora
Con el filo de su canto
Pues de otro modo
Lo negro se volvería a las profundidades del espacio
Y este paraíso de los colores que es el día
Se hundiría en el espacio grisazul de una niebla
Que conduce a otra niebla más espesa en el palacio
Interno de los sentidos

Guillotina el gallo el silencio nocturno
Y mientras los relojes se preparan
Para encerrar la luna en sus tableros
Ella hace girar la ruleta de la suerte
Que se juega viviendo
Vive quien duerme
Aunque regresa de la muerte el que despierta
Para mirar el cielo a través de las estrellas
Y ver solamente lo que ha desaparecido

Canta el gallo
Y en la distancia otro gallo le contesta:
¡Al lío!
Ya se levanta el día