SHANE

llop

Un sonido traía al otro. Y el búho atraía al tigre; y el tigre, a la serpiente. Como en una película en la que los actores secundarios son humanos y los protagonistas son perros. Las pitas, con sus manojos de agujas como patas de gato, queriendo arañar el cielo con sus puntas mientras las estrellas descienden hasta los charcos. Al lado está el hombre que se acompaña de su propia soledad. El hombre que quiso compartir su cañada de felpa verde y que pronto beberá de los arroyos soñolientos y recibirá un nombre de mármol bajo la luna llena. Uno más. Un hombre sombra que no le aporta nada más que soledad y niebla y humo amargo de retrasos y de largas esperas. Iré por el mundo contigo. Te llamaré. ¿Pero quién es ella? ¿Es su madre? ¿Y es su propio padre, ese lonely? Kilómetros de distancia y más vacío. Fantasías que ascienden y se apagan; se abren y se cierran; se atrasan y no se adelantan. Viento. Viento fuerte y contrario que no te deja pasar. ¿Y los niños? Se habían quedado adormilados con sus juguetes bajo el hueco de la escalera Pero, ¿por cuánto tiempo? Echó a correr hacia la casa. Qué curioso: corría y seguía estando siempre a la misma distancia, como si la casa se desplazara sobre raíles. O como si bajo los pies de ella hubiera una banda transportadora invisible sobre la que todo el esfuerzo se resolvía en mantenerse siempre en el mismo punto. El sonido del reloj silbaba bajo los árboles gandules de las aceras. Iré por el mundo contigo. Vendré trayendo en la mano una flor de cardo escarchada… ¿Dónde estaban los niños? En alguna parte lejos y sucios. Idos por los senderos llenos de conejos. De nuevo el sonido de octubre. Octubre como una catedral llena de los rebaños de los días fríos y de hojas caídas que se pudren en los porches de las casas. Días filtrados por los haces de luz de todos los colores que despiden las vidrieras. Como hojas embrujadas por los años, los niños habían volado y se había quedado plantada en el umbral del tiempo. Con el delantal recogido. El pelo, recogido también en un moño. La hilera de los años, silbando entre los castaños de la hondonada. Años cuyos aullidos de animal salvaje agrietaban la oscuridad o retrasaban el amanecer del siguiente día, según les viniera en gana. “Llena tus años de vida, en lugar de llenar tu vida de años”. Buena frase mensaje para hacer que el niño que lo admira, aunque no conozca las reglas del juego, la escuche por boca de Shane. Volveré. Pero el mundo es una imagen plana debajo de una bola de vidrio, y Shane estaba seguramente muerto. ¿Cómo le dices a un niño que no sabe nada de la muerte que Shane no estaba vivo? Los muertos sólo pueden volver vivos, le oía decir de sus labios de carne de rosa recién abierta. Lo tienen que hacer así para restaurar el sentido de las estaciones y no permitir que los días se apolillen junto a las sábanas. Shane es la honradez en persona. Y no se ha ido para hacerle la cama a nadie. Ni siquiera a él. Vuelve a Florida, Shane. Te estaremos esperando: mamá, papá, yo mismo. Por las mejillas de Marisa Paredes discurrió una lágrima solitaria. A sus pies, el perro fiel de siempre tenía la misma expresión que el perro del western. Cuando se inclinó a acariciarle el lomo, cayó en la cuenta que a pesar de los años -esos años transcurridos visto y no visto a su pesar- el niño era ella. Esperaba que al menos, Florida siguiera siendo la misma tierra promisoria de cuyos sueños tanto sabía su almohada.

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