HOMBRE, PERRO, ÁRBOL

hut

(Entresacado de “UN SOMBRERO CARGADO DE HISTORIAS”, de autor desconocido)

Un hombre se encuentra casualmente con su perro.
-¿Qué buscas?
-La paz, amigo. Tengo que lograr hacerme con la paz para llegar con ella al cabo del camino.
-¡Ah! ¿Y cómo es eso?-, le responde el perro. Me he dado cuenta que los humanos siempre estáis buscando las cosas fuera de vosotros mismos. Con lo fácil que es buscarlas adentro de uno mismo. Algunas veces, he de reconocer que encontrándome en situaciones inesperadas he tirado por el mismo sendero que tú ahora y me he ido por el mundo a buscarme las piezas que no conseguía encontrar. “El mundo no me escucha ni me entiende”, me decía cuando cundía el desaliento. Hasta que un buen día me encontré con un árbol y nos hicimos amigos. “Hay que penetrar las apariencias para buscar el sentido profundo de las cosas”, decía mi amigo árbol. Por ejemplo, a simple vista, parece que el árbol crece hacia arriba. Pero simplificadamente, y si lo observamos alto muy alto, desde el espacio es como una hache mayúscula tumbada. Una Hache con uno de los palos paralelos oculto en la tierra para hacer de raíz. El tronco, fiel a la recta, es el palo de enmedio de la Hache. Una Hache con copa y raíces a veces cónicas, a veces esféricas -me dijo-, los árboles, de dentro a afuera, estamos en continuo crecimiento para dar todo de sí en este mundo. Nos movemos, sí, pero en la reducida área de implantación que es nuestro ámbito. Nuestro camino está dentro de nosotros. Ya sé que por ejemplo, muchos de vosotros contáis los años que os van pasando. Nosotros, en lugar de años contamos anillos. Llevamos nuestros anillos marcados por dentro, así que para vivirnos los tomamos de referente y siempre nos miramos hacia adentro. No hace falta movernos del sitio donde hemos nacido y donde hemos enraizado para realizar nuestro propósito de vida”. Así que no siempre es preciso moverse demasiado para estar en paz con uno mismo, prosigue el perro. Una sencilla planta, un árbol es el ejemplo vivo de que no hace falta ir desesperadamente de aquí para allá para estar en paz con uno mismo. Y cuando uno está en paz consigo mismo, la forma de ver las cosas cambia un montón. Es como pasar de tener un problema muy gordo a tener un tesoro que no se acaba nunca. Un tesoro que por mucho que lo compartas con los demás, no se agota nunca y siempre hay más.
El humano se detiene a pensar lo que le acaba de decir el perro. Ha llegado la hora de riego programado en el Paseo de los Jardines y los aspersores se han puesto a disparar un agua tan fina como una niebla. El perro, debido a su natural baja tolerancia a lo que él llama “tubos de repartir pipí para las plantas” ha empezado a dar saltitos, alejándose cada vez más. “Gracias”, grita el humano a todo gritar. El perro ya está a unas cuantas manzanas de distancia, pero igual le oye. No con el sentido del oído, pero le oye con el sentido de los sentimientos que como es profundamente telepático, estira toda la distancia que se quiera. “De nada”, ladra el perro para sí. Y le envía un abrazo y un beso.
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