El áloe y El séptimo sello

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El áloe madre, el primero del jardín, comprado en un vivero de Tarragona, tenía 4 años de edad cuando lo trajimos a Almería. Fue la 1a. planta que se estableció en el jardín. El otro día lo cogí por las hojas del centro para comprobar su consistencia pues tenía el aspecto de estarse mustiando. Tiré, descorazonada, un poco hacia arriba y se me quedó todo en las manos. El cuello era un círculo negro. La podredumbre había separado la raíz del resto de la planta, y las hojas, faltas de nutriente y replegándose sobre sí mismas se separaban solas apenas tocarlas. La sombra del áloe sobre las piedras me recuerda a la Muerte encapuchada de El Séptimo Sello, de I. Bergman. La Muerte con su guadaña se ha hecho con la planta y la ha hecho su mano de múltiples dedos que aún conservan la flor y todo. He cercenado el cuello podrido con un cuchillo y he separado las hojas que se iban soltando de su acollamiento. Ha quedado un cogollito de nada. Nadie diría que de ahí salieron los señores áloes que pueblan el jardín. Le he buscado otro sitio, que le pueda seguir el rumbo desde la ventana de la cocina. Y lo he vuelto a plantar.
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