Los retratos

segunda

En la casa vieja hay 4 camas. La de mis padres es una cama de dos cuerpos y es la más nueva. Hace juego con un tocador, dos mesitas y el armario de dos puertas con luna en medio. Parar una habitación entera con muebles todos del mismo estilo es algo que se hace normalmente cuando una pareja se casa y deja de ser pareja y se convierte en matrimonio. Las habitaciones de matrimonio se llaman paramentos y los novios y sus progenitores suelen invitar a todo el pueblo a visitar su paramento y siempre se alegran de haber ido a verlos porque los paramentos son bonitos porque sí. Es decir, hasta el momento no se ha dado el caso que alguien haya quedado decepcionado de la visita, y mucho menos que haya comunicado su decepción a quienes tan amantemente han dispuesto su instalación privada a las miradas ajenas.

O sea, una cama de dos cuerpos. También hay una cama de cuerpo y medio que es adonde duermo yo con mi hermana. Es un poco más pequeña que la de mis padres, y en lugar de tener una cojinera larga, estrecha y de una sola pieza como tiene la cama de matrimonio tiene dos cojines independientes. Mi hermana y yo estrangulamos los cojines por el medio y los hacemos trabajar de distintos personajes del tebeo y de la televisión; hasta que nos caemos de sueño o hasta que mis padres nos hacen callar porque todo el mundo duerme menos nosotras. Mi iaia, y eso que dormimos en la misma habitación, nunca protesta porque está muy sorda.

La tercera cama, la de mi iaia, es de un cuerpo nada más. Es un poco más alta que las demás y está maqueada con dibujos de flores superchulas.

En el piso de arriba, junto a la sala grande de poner a resguardo los granos y los frutos de invierno hay otra cama de matrimonio cerrada a cal y canto en una habitación parada por si acaso viene un compromiso, ya sea un familiar o una visita. Sin duda, esa cama es la mejor y tiene barrotes torneados muy trabajados, como las camas de madera buena. Mi hermana y yo hemos aprendido a manejar la llave de la puerta y subimos arriba a la hora de la siesta. Todo el mundo se cree que dormimos y nosotras nos ponemos a jugar hasta que el mediodía queda atrás, la casa sale de su silencio y vuelven los ruidos del trafeguear cotidiano a apoderarse de las paredes.

Ahora se me había ido el hilo del por qué cuento todo esto. Pero ha vuelto ya. He cogido el hilo distraído con las vueltas y ha regresado el interesante detalle de los cuadros de la casa vieja. Los cuadros más importantes de la casa están en las habitaciones de abajo. La habitación de mis padres tiene dos cuadros destacados y uno es una foto en blanco y negro en la que mis padres posan vestidos para la boda junto a una niña vestida de largo y de blanco. Como una novia. Una novia con un sombrero de ala ancha lleno de brillantines y de adornos de organdí. El otro cuadro es una lámina de la Inmaculada de Ribera que es una virgen preferida de mi madre. En nuestro cuarto, como ya sabéis el cuarto mío, de mi hermana y de mi iaia hay un cuadro muy grande; es un cuadro de marco ancho muy historiado que tiene forma ovalada, y en el hay una foto de dos mujeres vestidas de gris. Las dos llevan un mantón cruzado por delante y tienen unos pendientes antiguos muy preciosos. Estamos cansadas de preguntar si se han casado las dos y siempre nos dicen que no, que son madre e hija y son nuestra iaia y su madre que también es mi iaia, cosa que a mi hermana le da cien patadas porque cuando mi iaia mayor se ha muerto yo era tan pequeña que mi hermana ni siquiera estaba y le molesta porque yo sí he tenido dos iaias y ella solo una. Esas dos iaias del retrato parecen hermanas porque la foto está tomada cuando tenían la misma edad, pero en tiempos distintos. Estas apariencias de tiempos iguales ero distintos las pueden hacer los fotógrafos en sus laboratorios, como también pueden retocar las fotos estropeadas y volverlas a hacer que parezcan nuevas de trinca. Los fotógrafos incluso pueden colorear fotos, aunque a mi madre no le gustan las fotos coloreadas y no tenemos ninguna. A mí, todo hay que decirlo, esos trucos de los fotógrafos me tiran un poco para atrás. Me gustan las fotos de la realidad real, pero siempre me pregunto con qué intenciones la gente se encarga un truco de fotógrafo. A mucha gente le oyes decir una y otra vez que las apariencias engañan, y a la hora de la verdad se encargan un engaño y quédate con la copla. Yo creo en las apariencias y de hecho, los juegos de niños están basados un montón de veces en apariencias y en supuestos. A mí me gusta jugar como a la primera. Y si tengo que vestirme de blanco o si tengo que cruzarme un mantón y colgarme pendientes como cadenas de cortina para ser alguien que sale de una foto para decir algo relevante o para un acto de valentía no me quedo corta. Pero eso son teatros de un momento. Hay gente que puede seguir la corriente de los teatros de un momento, y luego se cuelga cuadros en las paredes que pongan siempre para siempre. Cuando yo sea mayor, tendré un montón de mantones y no me faltará vestido de novia. Porque si hay una cosa que tengo muy clara es el momento en que vivo. Porque sí hay una cosa que vale la pena en el momento que vivo y es el juego. Cuando yo sea mayor voy a tener todo, todo, de todo; los siempre de las fotos y los nunca que ni siquiera ha pensado nadie en retratar y adonde los niños se inspiren para jugar. Para jugar a los malos, a los buenos y a los momentos.

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