(A local story tale) Chúpate la señal

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El coleóptero sube cansinamente por la señal de tráfico- Prohibido pasar. Pobrecillo; la habrá confundido con un tulipán gigante, piensa el crío. Cuando se perciba del error, desplegará los artejos laterales y se echará a volar del falso jarrón con ese ruidito microventilador chulín y perfectito. La niña grita: ¡Mamá, mamá, la señora del chupachups se está derritiendo”. La madre mira a su alrededor buscando identificar el dato. Hay ciertamente un traspaso de información que va del cartel con la mujer en el mupi junto a la señal de prohibido que está a su lado. Es un traspaso de información subido de color. Un color verde intenso que tira a fosforescente, casi tan fosforescente como los chalecos obligatorios de llevar en los coches para casos de incidencia en ruta.
Las buenas chapuzas son el gusto por las cosas mal hechas. Los chapuceros que son buenos chapuceros también suelen ser buenos cazurros. La condición de cazurro es más social que la otra; la chapucería entra más en el capo de lo artesanal, aunque por lo general ambas esferas se interfieren con suma facilidad. Cuando la chapuxa se eleva al cubo es para acceder al poder político dando lugar al caciquismo. “Ya sé lo que son cazurros y caciques, mamá, son señores y señoras que tienen el cazo por el mango”. La madre piensa en una sartén. Ya está bien, niña, deja de interrumpir a tus mayores. Pero el crío tiene razón, tiene tanta razón que la madre sigue argumentando aunque ya en silencio. Ese tipo de silencio privado que incluye a los recién excluidos de la conversación para acabar dándoles la razón sin que se enteren. Aunque un cazo es un recipiente que sirve para bien especialmente en la cocina, que el gusto por las cosas mal hechas solo puede dejar a sus adictos con el mango en la mano. Con un mango solamente no se va a ninguna parte. Y sobretodo si se lo confunde con el mando y mango y mando les representa la misma cosa, dice. La madre observa la hermosa acera que termina en la carretera por donde los coches giran y pasan sin parar ni nada pues para cruzar los peatones no hay paso cebra ni hay semáforo regulado ni hay nada de nada. ¡Ay! De cualquier modo, si los peatones cruzaran de frente se encontrarían que el sitio correspondiente a la acera está ocuppado por la hilera de plantas de jardín que les tocaría atropellar. Sí, le dice su yo interno. Es un atropello, y tiene usted razón, porque si intenta cruzar hacia su derecha o hacia su izquierda hay tráfico rodado nada más y los peatones que quieren cruzar no constan. A los peatones que han bajado de Mojácar por la larga acera que bordea la montaña solo les queda el vuélvanse por donde han venido y devuélvanse a la montaña. “Mamá, mira: al lado de las casas hay buenas aceras, pero los vecinos que quieren pasar se tropiezan con las mesas de los bares que las ocupan. Y encima, los bares les ponen mala cara a los vecinos que pasan”. Qué cosas. “¿Qué hacemos, mami, nos volvemos? Creo que sí, mi hijita. Nos volvemos. Nos volvemos o nos quedamos quietos a esperar que venga la chica del chupachups y nos ofrezca un caramelo azul de esos de la palomita. “¿Cuatro años más esperando en la acera para cruzar al otro lado? Eso. Y los volvemos a votar. “Es una gaviota y no un charrán, mami”. Da igual. Todos los que vuelan me los miro como si fueran palomas. Porque representan la paz y eso es lo que deseo que nos traigan. La paz a cambio de nuestro agradecimiento y de la infinita paciencia que nos asiste.

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