El ramo de plátanos

Cuando las niñas de la guerra tuvieron hijas tenían menos juguetes de los que sus mamás tenían a su misma IMG_6211edad. Y no es porque no hubiera juguetes, que los había y muy bonitos. En el minibazar de la localidad había bicicletas, carretones, xilófonos, tambores y unas muñecas peponas tan enormes que las dejabas sentadas en el retrete y la siguiente persona que entraba de visita se llevaba el susto de su vida creyendo que era alguien de verdad. Había de todo, sí; lo que faltaba era dinero para poderlo adquirir. Así que las hijas de las niñas de la guerra le echaban imaginación y todo lo que hiciera falta echarle antes que quedarse sin jugar. En una manzana de la calle Mayor había un estanco que a su vez era tienda de ultramarinos. Envuelto en un papel de color a veces azul marino, a veces añil, aparecía de vez en cuando el esqueleto de un ramo entero de plátanos que ya habían sido descuajados y vendidos manojo a manojo y unidad por unidad. Cuando una niña avistaba en la esquina de la calle, mezclado entre otras basuras que iba haciendo la tienda, el envoltorio azul con apariencia de abrigar en él el muy preciado esqueleto vegetal, corría la voz entre la chiquillería: ¡hay cerdo!, ¡hay cerdo! En alguna cochera de las casas de entonces, una niñita preparaba el espacio de juego dando la vuelta a una caja de verduras y disponiéndola para que hiciera de mostrador. ¿Tu abuela nos deja el cuchillo? Yo seré la carnicera: tenemos riñonada y costillas en piel. Te salen muy económicas si las compras a cuartos. Más de cuarto y medio no se permite vender, que se termina el género y luego se quedan las otras compradoras a dos velas y sin nada que les podamos ofrecer… La carnicería cerraba cuando ya no quedaba “cerdo” para cortar ni papel añil para envolver.
“Pues a mí me han echado un plátano así de grande para merendar, y va a ser un delfín del delfinario que lo voy a liberar en el mar…”. Propuestas de juego como esta última son mucho más posteriores a la época difícil en la que jugar con comida auténtica era impensable porque antes que nada en el mundo estaba indiscutiblemente las ganas de comer. Aunque a veces se jugara con el estómago vacío, el hambre desplazaba todo lo demás.

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