Yo también te amo

Imagínense que esta historia tiene otro final. Que el joven termina ingresado en un hospital público resarciéndose de las graves heridas de arma blanca ocasionadas por los mossos d’esquadra que han dado por fin con su paradero. Que van a visitarle los reyes de España como han hecho con todas las demás víctimas del atentado. “Eres una víctima más, chico; no vamos a hacer distinciones; nosotros también te queremos. “. El joven se esfuerza por entender lo que está pasando. Estaba esperando ver a los reyes de España ante sí y lo que está viendo es un hombre y una mujer vestidos perfectamente a la europea que tienen los mismos rasgos que su padre y su madre biológicos. Ya lo entiendo, deduce rápidamente: en realidad, los reyes siempre son los padres. Sonríe. Luego, vencido por el cansancio cierra los ojos. El sueño le transporta a otra realidad en que las equivocaciones se pagan con el entendimiento y el perdón en lugar de pagarse con el odio y la muerte. Lo sabía: eso es lo que he esperado desde siempre. Lo sabía y no sabía cómo decirlo. Por fin alcanzo a hacerme con el idioma más perfecto que existe, que es el del corazón y el de los sentimientos, un lenguaje que todo el mundo tenemos derecho que nos asista. Ahora ya me da lo mismo si mañana no me despierto. Hoy o ahora o siempre, ya significan lo mismo para mí. Para siempre.

 

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El ramo de plátanos

Cuando las niñas de la guerra tuvieron hijas tenían menos juguetes de los que sus mamás tenían a su misma IMG_6211edad. Y no es porque no hubiera juguetes, que los había y muy bonitos. En el minibazar de la localidad había bicicletas, carretones, xilófonos, tambores y unas muñecas peponas tan enormes que las dejabas sentadas en el retrete y la siguiente persona que entraba de visita se llevaba el susto de su vida creyendo que era alguien de verdad. Había de todo, sí; lo que faltaba era dinero para poderlo adquirir. Así que las hijas de las niñas de la guerra le echaban imaginación y todo lo que hiciera falta echarle antes que quedarse sin jugar. En una manzana de la calle Mayor había un estanco que a su vez era tienda de ultramarinos. Envuelto en un papel de color a veces azul marino, a veces añil, aparecía de vez en cuando el esqueleto de un ramo entero de plátanos que ya habían sido descuajados y vendidos manojo a manojo y unidad por unidad. Cuando una niña avistaba en la esquina de la calle, mezclado entre otras basuras que iba haciendo la tienda, el envoltorio azul con apariencia de abrigar en él el muy preciado esqueleto vegetal, corría la voz entre la chiquillería: ¡hay cerdo!, ¡hay cerdo! En alguna cochera de las casas de entonces, una niñita preparaba el espacio de juego dando la vuelta a una caja de verduras y disponiéndola para que hiciera de mostrador. ¿Tu abuela nos deja el cuchillo? Yo seré la carnicera: tenemos riñonada y costillas en piel. Te salen muy económicas si las compras a cuartos. Más de cuarto y medio no se permite vender, que se termina el género y luego se quedan las otras compradoras a dos velas y sin nada que les podamos ofrecer… La carnicería cerraba cuando ya no quedaba “cerdo” para cortar ni papel añil para envolver.
“Pues a mí me han echado un plátano así de grande para merendar, y va a ser un delfín del delfinario que lo voy a liberar en el mar…”. Propuestas de juego como esta última son mucho más posteriores a la época difícil en la que jugar con comida auténtica era impensable porque antes que nada en el mundo estaba indiscutiblemente las ganas de comer. Aunque a veces se jugara con el estómago vacío, el hambre desplazaba todo lo demás.

Revetlla

El grill es fa el sord

El seu amic mussol està tristot

Fora cares llargues!, crida el gosset

S’encén la nit i la festa és la

Porta que obre al següent dia

Fora cares llargues!

Tothom a arremangar-s’hi!

 

 

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La mirada de lo invisible

Los pensamientos son seres tan reales como lo que vemos.
Hay en el cine recorridos visuales de una cámara que se pone en la mirada de alguien que no existe y le reemplaza como si todavía existiera en ese momento. En Rebecca, rodada por A. Hitchcock en 1940, y basada en la novela de Daphne du Maurier hay una ejemplificadora escena de ello en la cabaña de Manderley, junto a la playa, en la que se convoca la presencia de lo inexistente y se muestra cómo se levantaría Rebecca del diván y deambularía por el sitio si aún existiera, mientras la voz en off de Laurence Olivier (Max), describe lo que vemos: un espacio invadido por la presencia de Rebecca, pero sin Rebecca:
“Ella estaba en el diván, recostada con un cenicero lleno de colillas al lado. Se veía enferma, rara. De repente, se levantó y se acercó a mí. Cuando tenga un hijo, me dijo, ni tú ni ninguna otra persona podrá probar que no es tuyo. Te gustaría tener un heredero para la bella Manderley, ¿o no? Y entonces empezó a reírse. ¡Qué gracioso! ¡Es totalmente gracioso y maravilloso! Seré la madre perfecta tal como he sido la esposa perfecta. Nadie lo sabrá jamás. Te resultará muy emocionante ver crecer a mi hijo día tras día y saber que, cuando mueras, Manderley será de él. Me estaba mirando cara a cara, con una mano en el bolsillo y otra sosteniendo el cigarrillo (la cámara ha vuelto al personaje narrador, aunque la presencia de Rebecca sigue flotando en el ambiente). Estaba sonriendo. Y bien, Max, ¿qué vas a hacer al respecto? ¿No me vas a matar? Supongo que enloquecí por un segundo. Debo haberla golpeado. Ella se quedó mirándome fijo. Tenía cierto aire de triunfo. Luego se me acercó otra vez sonriendo (Max retrocede, abriéndose la puerta interior). De repente se tropezó y cayó. Cuando miré hacia abajo tras lo que parecieron años, ella estaba tirada en el piso. Se había golpeado la cabeza con un aparejo pesado del barco. Recuerdo que me pregunté por qué seguía sonriendo. Después vi que estaba muerta…”

Crucecilla

💓
En los momentos que más alejada te sentías de la iglesia y de los curas, te venía con una medallita o con una crucecita de oro macizo, que la llevaras puesta encima, que era un regalo. Pero mamá, lo tuyo no tiene remedio… Con el tiempo, cuando dibujo a nuestra madre más parecidos le salen a su hermana y a cada uno de sus hermanos. La otra hermana suya que lo es solo por parte de padre, aún se le parece más, si cabe. Una foto de cuando termina la guerra de España.

Grande

Compadezco
Al poeta más grande
de todos los tiempos
Pues los tiempos son muchos y
en realidad
ninguno
De modo que es preferible hablar de todas las veces
Y si no todas las veces
la mar de veces
Al poeta más grande de todos los tiempos
Le hubiera gustado ser
infinitesimalmente pequeño y efímero
Como las raras flores de apenas un minuto
en el que nadie escucha otra cosa que el zumbar de los trenes ensordeciendo el páramo
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