Entre naranjos

Tiembla el amanecer en la vuelta del cielo recién empapelado

Cierra la noche en la palma de mi mano

La flor del sufrimiento se recoge en el corazón herido del jazmín desalentado

Mientras el llanto gris discurre entre los tristes muros hacia los naranjos

Duérmete tú noche No pases cuidado

Bajo la planta de los pies echan raíz la pena y el espanto

Va arrastrando la llave del sueño por los sembrados un verdugo sonámbulo

Tiembla el amanecer en la vuelta del cielo enmanillado

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Yo también te amo

Imagínense que esta historia tiene otro final. Que el joven termina ingresado en un hospital público resarciéndose de las graves heridas de arma blanca ocasionadas por los mossos d’esquadra que han dado por fin con su paradero. Que van a visitarle los reyes de España como han hecho con todas las demás víctimas del atentado. “Eres una víctima más, chico; no vamos a hacer distinciones; nosotros también te queremos. “. El joven se esfuerza por entender lo que está pasando. Estaba esperando ver a los reyes de España ante sí y lo que está viendo es un hombre y una mujer vestidos perfectamente a la europea que tienen los mismos rasgos que su padre y su madre biológicos. Ya lo entiendo, deduce rápidamente: en realidad, los reyes siempre son los padres. Sonríe. Luego, vencido por el cansancio cierra los ojos. El sueño le transporta a otra realidad en que las equivocaciones se pagan con el entendimiento y el perdón en lugar de pagarse con el odio y la muerte. Lo sabía: eso es lo que he esperado desde siempre. Lo sabía y no sabía cómo decirlo. Por fin alcanzo a hacerme con el idioma más perfecto que existe, que es el del corazón y el de los sentimientos, un lenguaje que todo el mundo tenemos derecho que nos asista. Ahora ya me da lo mismo si mañana no me despierto. Hoy o ahora o siempre, ya significan lo mismo para mí. Para siempre.

 

El ramo de plátanos

Cuando las niñas de la guerra tuvieron hijas tenían menos juguetes de los que sus mamás tenían a su misma IMG_6211edad. Y no es porque no hubiera juguetes, que los había y muy bonitos. En el minibazar de la localidad había bicicletas, carretones, xilófonos, tambores y unas muñecas peponas tan enormes que las dejabas sentadas en el retrete y la siguiente persona que entraba de visita se llevaba el susto de su vida creyendo que era alguien de verdad. Había de todo, sí; lo que faltaba era dinero para poderlo adquirir. Así que las hijas de las niñas de la guerra le echaban imaginación y todo lo que hiciera falta echarle antes que quedarse sin jugar. En una manzana de la calle Mayor había un estanco que a su vez era tienda de ultramarinos. Envuelto en un papel de color a veces azul marino, a veces añil, aparecía de vez en cuando el esqueleto de un ramo entero de plátanos que ya habían sido descuajados y vendidos manojo a manojo y unidad por unidad. Cuando una niña avistaba en la esquina de la calle, mezclado entre otras basuras que iba haciendo la tienda, el envoltorio azul con apariencia de abrigar en él el muy preciado esqueleto vegetal, corría la voz entre la chiquillería: ¡hay cerdo!, ¡hay cerdo! En alguna cochera de las casas de entonces, una niñita preparaba el espacio de juego dando la vuelta a una caja de verduras y disponiéndola para que hiciera de mostrador. ¿Tu abuela nos deja el cuchillo? Yo seré la carnicera: tenemos riñonada y costillas en piel. Te salen muy económicas si las compras a cuartos. Más de cuarto y medio no se permite vender, que se termina el género y luego se quedan las otras compradoras a dos velas y sin nada que les podamos ofrecer… La carnicería cerraba cuando ya no quedaba “cerdo” para cortar ni papel añil para envolver.
“Pues a mí me han echado un plátano así de grande para merendar, y va a ser un delfín del delfinario que lo voy a liberar en el mar…”. Propuestas de juego como esta última son mucho más posteriores a la época difícil en la que jugar con comida auténtica era impensable porque antes que nada en el mundo estaba indiscutiblemente las ganas de comer. Aunque a veces se jugara con el estómago vacío, el hambre desplazaba todo lo demás.

Revetlla

El grill es fa el sord

El seu amic mussol està tristot

Fora cares llargues!, crida el gosset

S’encén la nit i la festa és la

Porta que obre al següent dia

Fora cares llargues!

Tothom a arremangar-s’hi!

 

 

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